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miércoles, 13 de abril de 2016

E. F. Schumacher, un nuevo impulso al distributismo

Para aquéllos que comienzan su camino intelectual por el distributismo, puede que el nombre de E. F. Schumacher no resulte muy familiar. A pesar de que fue capaz de resolver muchas de las objeciones que se habían hecho al distributismo y de hacer posibles los principios que lo fundamentan, no es tan conocido como otros autores clásicos como Chesterton, Belloc o Vincent McNabb. El objetivo de este primer artículo es dar a conocer a este autor que ha sido fundamental en el renacimiento del distributismo en la segunda mitad del s.XX gracias a su obra Lo pequeño es hermoso. Este post es la primera de las dos partes en las que se expondrán la biografía y la evolución del pensamiento de Shumacher.

Schumacher nació en Bonn en 1911 y estudió economía en Inglaterra en el New College de Oxford, entre 1930 y 1932. Con 22 años obtuvo una plaza como profesor de economía de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Sin embargo, sus inquietudes intelectuales y personales no se satisfacían con la mera teoría económica, por lo que decidió volver a Alemania y vivir la economía: fue empresario, granjero y periodista. En 1937 empezaría a trabajar como asesor de la Comisión de Control Británica .

Su travesía ideológica se inició poco después de la guerra, como consecuencia de su desilusión respecto a la teoría económica marxista. A principios de 1950, viajó a Birmania, donde su pensamiento económico sufriría una tremenda transformación. Su encuentro con el enfoque budista de la economía le ayudó a descubrir que la postura económica de Occidente en materia económica procedía de criterios puramente subjetivos y que se basaban en las tesis filosóficas del materialismo. Por ello, intentó ir más allá de las teorías económicas que había aprendido en busca de alternativas. Como economista desarrolló un enfoque metaeconómico similar al enfoque metahistórico del historiador Christopher Dawson.

Según Shcumacher, los economistas modernos “por lo general, padecen una especie de ceguera metafísica al considerar que la suya es una ciencia de verdades absolutas e invariables en la que no existen supuestos”, pero “la economía es una ciencia derivada que admite instrucciones de lo que yo llamo metaeconómico. Cuando dichas instrucciones varían, varía también el contenido de la economía.

Tomando como ejemplo el concepto de trabajo, Schumacher comparaba la actitud de los economistas occidentales con los de sus homólogos budistas. Para los occidentales, el trabajo era un mal necesario para obtener bienes, que estaban por encima de la persona, porque es una economía centrada en el concumo, por delante de la actividad creativa. Esto significa que se pone el énfasis, no en el trabajador, sino en el producto de su trabajo. Sin embargo, el budismo consideraba que las funciones del trabajo eran otras: proporcionar al hombre la oportunidad de utilizar y desarrollar sus facultades; capacitarlo para superar su egocentrismo uniéndolo a otras personas en una labor común; y obtener los bienes y servicios necesarios para una vida digna.

Estas ideas son similares a las propuestas de los distributistas ingleses del primer tercio del s.XX. Lo más importante, es que Schumacher descubrió que la economía tenía su origen en premisas filosóficas o religiosas. Como consecuencia, no sólo comenzó a ver la economía bajo una perspectiva totalmente nueva, sino que también vislumbró la crucial importancia de la filosofía para entender la economía y la vida en general.

Tras su viaje a Brimania, ala volver a Londres, Schumacher concentró sus esfuerzos en una investigación exhaustiva del pensamiento crsitiano, especialmente, de Santo Tomás de Aquino y de escritores contemporáneos como René Greenon y Jacques Maritain. También emprendió la lectura de los místicos cristianos  y de la vida de los santos.

En mayo de 1957, Schumacher hizo pública por primera vez su nueva orientación en el transcurso de una conferencia radiofónica en la que criticaba el célebre libro de Charles Frankel En defensa del hombre moderno. La conferencia se titulaba “La insuficiencia del liberalismo” y consistía en una exposición de lo que él denominaba “las tres etapas del desarrollo”:
  1.     . El primer gran salto se dio cuando el hombre pasó del estado de primitiva religiosidad al del realismo científico, que es el estado en el que suele encontrarse el hombre moderno.
  2.    .  Más tarde, los que se sintieron insatisfechos por el realismo científico, cuyas deficiencias les resultaban patentes, descubrieron que detrás de los hechos y la ciencia existe algo más. Esta gente ocupa un plano superior que Shumacher denomina tercer estadio.
Aquél programa obtuvo una amplia respuesta. Shumacher se sintió indignado cuando una periodista del New Statesman and Nation criticó su conferencia calificándola como típica de un “economista católico”. En aquella época no se sentía en absoluto cristiano y le molestaba que así se le considerase. Sin embargo, el desarrollo de su filosofía le iría acercando más y más la filosofía católica y al distributismo…

jueves, 10 de marzo de 2016

G. K. Chesterton y el distributismo

Gilbert Keith Chesterton nació en Inglaterra en 1874 de Edward y Mary Louis Chesterton. Su familia paterna era anglicana y su familia materna era evangélica, aunque la familia acudía a los servicios de una iglesia unitaria. En realidad, la religión no jugaba ningún papel en sus vidas, era una convención más, algo que un buen ciudadano inglés debía hacer. En general, se adecuaban bastante al ambiente moderno de la época, puesto que poseían una mentalidad positivista. El matrimonio tendría otro hijo en 1879, Cecil, que sería el gran compañero de su hermano Gilbert.
Los años de formación de Chesterton comenzaron en 1881, cuando le tocó acudir a la escuela preparatoria. En 1887, entraría el St. Paul´s School, una escuela que gozaba de bastante prestigio y de la que saldrían otras figuras eminentes como Winston Churchill. El nivel de la escuela era alto, pero también se encontraba influido por el pensamiento de la época: el agnosticismo era la filosofía general del profesorado y el positivismo, la confianza en el progreso y el darwinismo, los valores en que formaban a sus alumnos.
El fin de los estudios pre-universitarios le pilló con el pie cambiado. Chesterton no tenía claro su futuro y decidió matricularse en cursos de Arte, Francés, Inglés y Latín en el University College de Londres. Sin embargo, su indolencia pronto le hará abandonar y, finalmente, sólo continuará con su vocación de pintor en la Slade School. Durante estos años, Chesterton vivirá inmerso en el ambiente bohemio, con una existencia errática y carente de objetivos. Nada hacía presagiar el rumbo que tomaría la vida de Chesterton en los años siguientes.
A través de la Literatura, de sus lecturas de Dickens, Stevenson, Browning y Whitman, se le abrió a Chesterton una realidad nueva. En 1896, entraría en su vida una de las personas que más ayudó por hacer de Chesterton lo que llegó a ser: su futura esposa Frances Blogg. Con ella entró en contacto con el cristianismo, en el que encontró el sentido de la vida y una base moral e intelectual para sus inquietudes sociales, que hasta ese momento había intentado saciar en los círculos fabianos.
Otro hito en su vida sería su amistad con Hilaire Belloc, un joven historiador de ascendencia francesa al que conoció en 1900. Belloc era católico (como lo sería Chesterton en 1925 tras su conversión) y junto a él formó un tándem intelectual que atacaría sin piedad las bases de la Modernidad. Entre sus principales caballos de batalla se encontraba el orden socioeconómico nacido de la revolución industrial. Lo que comenzó como una crítica a las propuestas capitalista y socialista acabaría derivando en la proposición de una nueva filosofía socio-política basada en la doctrina social de la Iglesia (en concreto, la Rerum Novarum escrita por León XIII en 1891) y en el orden económico tradicional.
Los primeros escritos distributistas proceden de “una famosa disputa mantenida entre finales de 1907 y principios de 1908 por Belloc y Chesterton en la revista New Age, editada por el socialista fabiano inglés A.R. Orage, en que los dos autores discuten con G.B. Shaw y H.G. Wells sobre capitalismo, socialismo y distribución de la propiedad. En esta disputa se sientan las bases del distributismo, que en años subsiguientes,de  forma tímida en la revista The Eye Witness (editada por Cecil Chesterton, hermano de G.K. Chesterton y Hilaire Belloc), y luego con más intensidad en el semanario G.K.´s Weekly, sería desarrollado por una serie de autores, siempre bajo el liderazgo intelectual de Chesterton y Belloc”.(SADA CASTAÑO, Daniel: El distributismo inglés en el primer tercio del s.XX. Fundación Universitaria Española). En 1910 aparecería la primera obra que se puede llamar distributista: Lo que está mal en el mundo, de Chesterton. En 1913, Belloc publicaría la obra de referencia del distributismo: El Estado servil, donde aparece por primera vez el término distributismo.
A partir de 1925, el distributismo pasó de ser una teoría a ser un movimiento social que se organiza alrededor de la Liga distributista, fundada en 1926. El órgano de comunicación de la Liga era el semanario G.K.´s Weekly, editado por Chesterton, que utilizó así su fama como literato, periodista y polemista para extender las ideas distributistas. En esta publicación participarán los principales teóricos del distributismo, como el Padre Vincent Mc Nabb o Eric Gill. En esta revista, Chesterton firmó más de cuatrocientos artículos en torno al distributismo, que se sumaron a sus ensayos y obras literarias en los que abordó este tema como Lo que está mal en el mundo (1910), Los límites de la cordura (1927) o El regreso de Don Quijote (1926)

Durante sus primeros años, la Liga Distributista creció con rapidez, extendiéndose por todo el territorio de las Islas Británicas, alcanzando también Australia, Nueva Zelanda y Canadá. Por desgracia, la Liga apenas sobreviviría a la muerte de Chesterton en 1936, aunque sus ideas no se apagarían y seguirían vivas en numerosas iniciativas como el Movimiento del Trabajador Católico de Dorothy Day y en intelectuales como E. F. Schumacher, llegando hasta hoy.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Distributismo. Los principios

¿Es realista hablar de una economía que esté al servicio de los seres humanos (como propone la encíclica Caritas in Veritate) y no al revés? Pensamos que sí. Tanto el capitalismo como el socialismo son hijos de la industrialización, es decir, de la producción a gran escala. Para este tipo de producción se precisa agrupar la mayor cantidad de recursos en pocas manos, ya sean de grandes empresarios en el caso del capitalismo o de burócratas públicos en el del socialismo. Este sobredimensionamiento de la producción, no sólo nos hace esclavos de la misma, hasta el punto de poner al hombre al servicio de la producción en lugar de a la producción al servicio del hombre, sino que nos ataca también por lado de las posibilidades de consumo, estandarizadas y sin apenas margen para la elección, por no hablar de sus efectos sobre la salud y el medio ambiente. Tanto capitalismo como socialismo son hijos de una época en la que, en el marco de una fuerte beligerancia entre naciones y de un pensamiento que valoraba los logros materiales muy por encima de la ética o de las personas, la eficiencia era puesta por encima del ser humano. 

Pensamos honestamente que existe un camino alternativo, que nos enseñaron pensadores como G. K. Chesterton, Hilaire Belloc o E.F. Schumacher. Un camino que pasa por la reversión de esas prioridades, y que ese camino no solo es posible sino que además es imprescindible para la supervivencia de nuestra sociedad y de nuestra cultura. Esa senda pasa necesariamente por la recuperación de valores tradicionales como la familia o la propia vida en comunidad que, lejos de constituir un peligro para la libertad individual, como a menudo se nos ha querido vender, suponen el único marco adecuado para pleno y libre desarrollo de la creatividad de cada persona. Queremos una economía a escala humana.


Para ello defendemos:

1.      Que las familias deben tener acceso a la propiedad de los medios de producción. Para ello debe fomentarse la empresa familiar y de pequeño tamaño.
2.      Que las actividades de producción, distribución y consumo deben ordenarse a pequeña escala y de manera respetuosa con el medio ambiente.
3.      Que el trabajo debe ser una actividad creativa y de autorrealización, y no un mero esfuerzo vacío de significado más allá de la obtención de un salario.
4.      Que el sistema financiero debe servir para convertir los ahorros de unas familias en posibilidades de inversión para otras, y no para acumular beneficios abusivos no justificados.
5.      Que han de ser la cooperación, y no la competencia descontrolada, y la solidaridad, y no el máximo beneficio, los principios rectores de la actividad económica.
6.      Que la actividad económica, como fenómeno que implica al hombre en su actuación en sociedad, ha de procurar el enriquecimiento integral de éste.
7.      Que la recuperación moral de la sociedad europea y occidental ha de pasar necesariamente por la restitución de la cultura clásica y tradicional que le da origen y sentido.
8.      Que ha de ser la subsidiariedad, y no el despilfarro, el exceso de control o el laissez-faire, el principio básico para ordenar la actuación del Estado en la economía.